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La Biblioteca Nacional: una historia de amor y la mímesis de un maestro
Oct 12th, 2009 by ocorzo

Nelly Mac Kee de Maurial


La historia se inicia cuando el investigador acude en busca de información a la sala especializada del antiguo local de la Biblioteca Nacional a la que el personaje narrador describe como “un recinto amplio y poderoso, y del primer piso se subía por una noble escalinata; arriba, otra explanada, y al fondo a la derecha, un pasadizo, luego un barandal sobre un patio de naranjos que nos sonreía bajo el cielo húmedo” [p.10]

En el viejo local es atendido por una amable joven con quien –todavía no lo sabe- unirá su vida en el inmediato futuro: “La vida de las parejas quizá fluya tan naturalmente como el curso del día –nos dice el personaje narrador–. Se inicia por la mañana (o por una luz digna de la mañana), llega a un mediodía de madurez, y ojalá de plenitud, y vuelve a extenderse por la plácida tarde, primero amarilla y luego rojiza (¿habrá también pasiones amarillas o rojizas?), hasta que sobreviene la noche del sueño o del tajo final” [p.1]

Se trata de la novela Huérfano de mujer[1]  de Carlos Eduardo Zavaleta y -nos atrevemos a suponer- escrita como catarsis para recuperarse del cruel “tajo final” con el que la muerte le arrebató a su esposa, la distinguida bibliotecóloga Rosa Ugarte, recordada por su exquisita cultura, calidades artísticas y fineza de espíritu. Ella trabajaba en realidad en la Sala de Investigaciones de la Biblioteca Nacional y en ese escenario se inició su relación con el personaje narrador de la novela, quien dice de la joven que lo atendía, “no sólo tenía una luz en sus ojos pardos y verdes, no sólo era pálida y saludable al mismo tiempo, y tenía labios muy delgados, sino olía bien y su voz grata se apagaba, a fin de no molestar a los demás lectores” [p.11]

La narración se inicia a mediados del siglo XX y transcurre en el espacio urbano de Lima y Miraflores, salvo los viajes por Europa y el Cusco, que son tocados tangencialmente. Ella lo guía, en sus primeros paseos por “calles, templos y casonas” del centro de la ciudad, testigos de nuestra historia colonial y republicana, aunque la zona “ajena y adusta” [p. 13] que no acaba de gustarle le parece enferma e inhóspita porque “el cielo es una herejía sin el azul de su niñez y la vaguedad blanca lo aburría progresivamente” [p.3], neblina que contrasta con los paisajes del Ande impresos en sus retinas.

Sin embargo, en contraste, el yo narrador se complace en compartir con el lector su visión del mar insondable e ilimitado, cuando lleva a Rosa a los balnearios: “el mar estaba ahí, visto abajo desde el acantilado, y su piel era de otra clase de luz, y las olas se creaban en una sucesión de líneas, surcos, lomos, que pronto ya eran alfombras blancas de espuma, y ahora renacían, corrían en puntillas, y de nuevo se extendían las alfombras blancas hacia la playa, hacia nosotros, que flotábamos encima del abismo, una y otra vez. en una sola mirada plácida e hipnótica” [p. 25]

Al personaje narrador le disgusta la población que observa en la ciudad “Millares de transeúntes mayormente pobres, sin saco ni corbata y con camisetas casi transparentes, y con una sola clase de ´blue jean´, para democratizar aún más la pobreza, y en fin, con unmodelo único de zapatillas“. [p. 24]

Después de un viaje de estudios del narrador que se ausenta por dos años, se produce la boda: “vivían en lo que parecía una isla, o una nube, o un barrio pequeño, pero ya inserto en la nueva época, y ahí mientras la gran ciudad sufría brotes de salvajismo a fines del siglo XX, ellos resistieron porque estaban juntos, porque apenas libres de trabajo oficial, volvían a trabajar gustosamente para sí mismos, y porque esa vida compartida duraba y crecía…” [p. 73]

 

Luego del relato de las peripecias familiares y la historia de la vida de la pareja nos sorprende la enfermedad y el dolor sufrido por Rosa y su muerte que provoca al personaje narrador, profundo sufrimiento. Ya resignado dice: “… veo y pienso en ella, en una muchacha cuya luz seguí por las calles nubladas de Lima y que semanalmente celebro en medio de un arco iris” [p. 107]

En todo el relato la imagen de un maestro sabio y noble llamado don Javier, impone su presencia. La similitud del personaje con el doctor Raúl Porras Barrenechea es innegable y consideramos que en la novela se rinde homenaje a la actitud permanente de nuestro insigne historiador por iniciar a sus discípulos en la investigación y encender el amor por el Perú a través del conocimiento de su historia, además de ayudarlos a solucionar sus problemas materiales en el plano amical. No en vano también Mario Vargas Llosa cuenta en su novela La tía Julia y el escribidor, cómo lo ayudó el doctor Raúl Porras Barrenechea, cuando a raíz de su prematura boda le consigue una serie de trabajos para sostener su hogar.

El personaje narrador conoció a don Javier en una excursión a Ocopa y había quedado impactado por sus conocimientos y benevolencia. Por su parte el protagonista conquistó al grupo de excursionistas limeños recitando en quechua y español poemas traducidos por Vienrich.

El maestro, don Javier, está dispuesto a donar su biblioteca compuesta por valioso material recopilado en sus viajes a lo largo de toda su vida; es Rosa en la ficción quien lo anima a que sea la Biblioteca Nacional y no la Universidad de San Marcos, la depositaria de la importante colección y es ella la que organiza los materiales para su entrega.

No es dable en este espacio referirnos a otros elementos de la narración sino circunscribirnos –en esta historia de amor– a destacar la presencia de nuestra Biblioteca Nacional en la novela, presencia que por lo demás es escenario de hechos que se aproximan a la realidad produciéndose el efecto de mímesis.

Al final, el protagonista, ya algo recuperado, participa en una reunión con el maestro y algunos discípulos. “–Bueno muchachos– [dice el maestro], esta es una ocasión especial… y me complace el que él y yo juntos les anunciemos lo que planeamos hace tiempo y que, por fin, se va cumpliendo. Ya hemos entregado la parte principal de mi biblioteca a la Nacional –los discípulos gritan, aplauden y beben y debo subrayar que fue Rosa … quien depuró y firmó el catálogo final” –las voces gritan ¡Bien Rosa!, ¡Gracias Rosa! A continuación el maestro anuncia sus planes de hacer de su casa un centro cultural para lo cual ya han hecho grandes avances. La reunión termina con una risotada enorme, avasalladora, pegajosa, incontenible, feliz, que hace tambalear a varios de ellos y Claudio –que así se llama el protagonista y narrador de la historia– poco a poco sucumbe a esa alegría y piensa: “Si Rosa hubiese estado se hubiese reído y quizá aún tambaleado por esa alegría inexplicable. [p. 109]

Y con una carcajada y los deseos de Rosa cumplidos, respecto a la Biblioteca Nacional, termina esta tierna historia envuelta por la fantasía, como corresponde a una obra literaria que recrea metafóricamente vivencias profundas inspiradas por la realidad.

Colofón.- Efectivamente, existe un espacio dedicado a la colección que el doctor Raúl Porras Barrenechea donó a la Biblioteca Nacional y que por efecto testamentario, fue entregada, a inicios de la década del 60, a través de una Junta de albaceas, previo inventario realizado por bibliotecarios enviados por el doctor Cristóbal de Losada y Puga, en ese entonces director. Ubicada anteriormente en la sala de investigaciones del local antiguo de la Biblioteca Nacional, la colección comprende libros, documentos, periódicos y revistas y objetos personales de nuestro notable historiador. La mudanza a la nueva sede de la Biblioteca Nacional, ha dado lugar a que se instale una pequeña sala dedicada al donante e inaugurada el 2007, en la que se exhiben fotografías, condecoraciones, medallas, en fin, honores recibidos por el doctor Porras. La colección, sin desmembrarse, se ha ubicado en el depósito de la Sala de Investigadores y su acceso se brinda en la misma sala.

Por otro lado, la casa del doctor Porras Barrenechea fue entregada a la Universidad Nacional de San Marcos, por voluntad de su dueño y en ella se ha constituido en Centro de altos estudios y de investigaciones peruanas de esa universidad. En el Instituto Porras, como familiarmente se le llama, se ha conformado una biblioteca nutrida por la donación constante de colecciones de intelectuales notables y en el que se realizan actividades culturales. Los hechos en mención se produjeron varias décadas antes del fallecimiento de nuestra bienamada colega, pero no dudamos que siendo testigo de ello y, dada su cercanía al doctor Porras, esta donación le produjo una inmensa alegría.

 

[1] Zavaleta, Carlos Eduardo. Huérfano de mujer. Lima: Alfaguara, 2008

 

 

 

 

 

 

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