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Promoción de la lectura (de imágenes)
Jan 13th, 2010 by ocorzo

 

 

Nota del editor:

En estos meses de vacaciones, bajo el encabezado: “Post de verano”, se presentan diversos acercamientos a documentos relacionados al libro, la lectura y las bibliotecas, aún cuando no correspondan al ámbito peruano.

 Para Hugo, mi hijo, a quien quiero un montón.

 Hace poco, conversando con una querida amiga que fuera nuestra profesora en la universidad, nos decía que no le atraía leer en la computadora y que prefería mil veces leer en formato libro. “Es que no es nativa digital”, le dije medio en broma medio en serio, reconociéndome de inmediato como “inmigrante digital”, de acuerdo a la jerga de los tiempos.

A continuación, para evitar entrar en disquisiciones ajenas a las vacaciones,  un recopilatorio de lo que considero los mejores spots televisivos para impulsar campañas de promoción de la lectura. ¿El criterio de selección?: los que quiero compartir con mis hijos, por imaginativos, divertidos y bien logrados visualmente.

Después de los videos, si quieren, pueden leer unas líneas sobre la recomendación de un documento que aborda el estudio de políticas de promoción de la lectura en la región.

Bonus

Recomendamos la lectura de:
Organización de Estados Iberoamericanos. Políticas educativas de promoción de la lectura y escritura en Iberoamerica: Informe final. Madrid: OEI, 2006. Recuperado de:
http://www.oei.es/fomentolectura/informe_politicas_educativas_promocion_lectura_escritura_iberoamerica.pdf. [Visitado el 10 de enero del 2010]

El documento, que puede ser consultado en texto completo, es un estudio que aborda las políticas de promoción de la lectura en la región iberoamericana. En su desarrollo se encuentra un primer capítulo titulado: Elementos para un marco conceptual, que es importante para entender el contexto y desarrollo de las campañas de fomento a la lectura. Por ejemplo, permite entender que las campañas desarrolladas se plantean desde la cultura letrada para transmitir la cultura escrita en un entorno que experimenta nuevos tipos de lecturas obligando a desarrollar conceptos de nuevos tipo de alfabetización.

Somos los adultos quienes estamos diseñando los programas de promoción de lectura, sin tomar en cuenta consideraciones importantes como las siguientes:

Al mismo tiempo, debe advertirse que para los niños y niñas son tan nuevos estos fenómenos de la cultura digital como los de la cultura alfabética; los niños y niñas son “los nuevos” de nuestra especie y, en ese sentido, su ingreso en el mundo de las representaciones culturales no sigue la secuencia que los adultos hemos atravesado en nuestras trayectorias personales; nosotros hemos ingresado hace tiempo en la cultura alfabética, y más recientemente en la digital, mientras que para los niños “la fragmentación, la rapidez, la asociación de varios códigos de representación, la posibilidad de enlace, la interactividad, etc., son mecanismos presentes desde el inicio de su acceso a la lectura” (Colomer, 2002b:284, citado en OEI, 2006, p. 14)

Las políticas de promoción de la lectura se justifican en la idea que la lectura es una práctica en crisis que requiere animación o promoción. Ante esta premisa no faltan quienes cuestionan esta idea resaltando que como nunca antes en la historia de la humanidad, en el siglo XX, se ha producido una notable expansión de generación y difusión de información que se expresa en el número de documentos, fuentes y formas de acceso, como en número de letrados y alfabetizados.

La crisis de la lectura se refiere entonces, por un lado, al relacionamiento débil de sectores de la sociedad escolarizada con la cultura escrita, y, por otro lado, al escenario de la modernidad tecnológica que estaría produciendo una profunda reorganización de los modelos de consumo y del modo de empleo del tiempo libre (Gómez Soto, 2002, citado en OEI, 2006).

Parafraseando siempre al informe del OEI, como los jóvenes ya no se distraen ni entretienen con la lectura de libros y se advierte un incremento de la oralidad a través del uso de teléfonos celulares y redes sociales en la red; la reacción del grupo de letrados alfabetizados es iniciar o propiciar programas de lectura que buscan mantener como lectores, en especial como lectores de libros, a niños y jóvenes a los que los profundos cambios culturales traccionan hacia otras formas de relación con la lectura y la escritura.

Los planes de promoción de la lectura se encontrarían entonces impregnados de una cultura textual. El problema es que como humanidad hemos transitado un periodo breve de cultura alfabética, casi exclusivamente escolarizada, y en un lapso menos breve hemos transitado a otra cultura de tipo audiovisual.

Como intermediadores: ¿Qué tipo de lectura debemos promover?

Pero este es un post de verano y no está para entrar en reflexiones que, aunque interesantes y necesarias, requieren otro espacio, quizás otro formato y extensión.

Gabriel García Márquez: el primer libro, la primera lectura. (Extractos de Vivir para contarla).
Jan 9th, 2010 by ocorzo

Nota del editor:

En estos meses de vacaciones, bajo el encabezado: “Post de verano”, se presentan diversos acercamientos a documentos relacionados al libro, la lectura y las bibliotecas, aún cuando no correspondan al ámbito peruano.

 

 

La vida no es la que uno vivió,
sino la que uno recuerda y
cómo la recuerda para contarla.

Fue también el abuelo quien me hizo el primer contacto con la letra escrita a los cinco años, una tarde en que me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Cataca bajo una carpa grande como una iglesia. El que más me llamó la atención fue un rumiante maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa.

-Es un camello -me dijo el abuelo.

Alguien que estaba cerca le salió al paso:

-Perdón, coronel, es un dromedario.

Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo porque alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto. Sin pensarlo siquiera, lo superó con una pregunta digna:

-¿Cuál es la diferencia?

-No la sé -le dijo el otro-, pero éste es un dromedario.

El abuelo no era un hombre culto, ni pretendía serlo, pues se había fugado de la escuela pública de Riohacha para irse a tirar tiros en una de las incontables guerras civiles del Caribe. Nunca volvió a estudiar, pero toda la vida fue consciente de sus vacíos y tenía una avidez de conocimientos inmediatos que compensaba de sobra sus defectos. Aquella tarde del circo volvió abatido a la oficina y consultó el diccionario con una atención infantil. Entonces supo él y supe yo para siempre la diferencia entre un dromedario y un camello. Al final me puso el glorioso tumbaburros en el regazo y me dijo:

-Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca.

Era un mamotreto ilustrado con un atlante colosal en el lomo, y en cuyos hombros se asentaba la bóveda del universo. Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grueso. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez.

-¿Cuántas palabras tendrá? -pregunté.

-Todas -dijo el abuelo.

La verdad es que yo no necesitaba entonces de la palabra escrita, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba. A los cuatro años había dibujado a un mago que le cortaba la cabeza a su mujer y se la volvía a pegar, como lo había hecho Richardine a su paso por el salón Olympia. La secuencia gráfica empezaba con la decapitación a serrucho, seguía con la exhibición triunfal de la cabeza sangrante y terminaba con la mujer que agradecía los aplausos con la cabeza puesta. Las historietas gráficas estaban ya inventadas pero sólo las conocí más tarde en el suplemento en colores de los periódicos dominicales. Entonces empecé a inventar cuentos dibujados y sin diálogos. Sin embargo, cuando el abuelo me regaló el diccionario me despertó tal curiosidad por las palabras que lo leía como una novela, en orden alfabético y sin entenderlo apenas. Así fue mi primer contacto con el que habría de ser el libro fundamental en mi destino de escritor.

Gabriel García Márquez al centro con sus hermanos

Me costó mucho aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llamara eme, y sin embargo con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma. Me era imposible leer así. Por fin, cuando llegué al Montessori la maestra no me enseñó los nombres sino los sonidos de las consonantes. Así pude leer el primer libro que encontré en un arcón polvoriento del depósito de la casa. Estaba descosido e incompleto, pero me absorbió de un modo tan intenso que el novio de Sara soltó al pasar una premonición aterradora: «iCarajo!, este niño va a ser escritor».

Dicho por él, que vivía de escribir, me causó una gran impresión. Pasaron varios años antes de saber que el libro era Las mil y una noches. El cuento que más me gustó -uno de los más cortos y el más sencillo que he leído- siguió pareciéndome el mejor por el resto de mi vida, aunque ahora no estoy seguro de que fuera allí donde lo leí, ni nadie ha podido aclarármelo. El cuento es éste: un pescador prometió a una vecina regalarle el primer pescado que sacara si le prestaba un plomo para su atarraya, y cuando la mujer abrió el pescado para freírlo tenía dentro un diamante del tamaño de una almendra.

De acuerdo con la convocatoria, unos veinte aspirantes acudimos a las ocho de la mañana para el concurso de ingreso. Por fortuna no era un examen escrito, sino que había tres maestros que nos llamaban en el orden en que nos habíamos inscrito la semana anterior, y hacían un examen sumario de acuerdo con nuestros certificados de estudios anteriores. Yo era el único que no los tenía, por falta de tiempo para pedirlos al Montessori y a la escuela primaria de Aracataca, y mi madre pensaba que no sería admitido sin papeles. Pero decidí hacerme el loco. Uno de los maestros me sacó de la fila cuando le confesé que no los tenía, pero otro se hizo cargo de mi suerte y me llevó a su oficina para examinarme sin requisito previo. Me preguntó qué cantidad era una gruesa, cuántos años eran un lustro y un milenio, me hizo repetir las capitales de los departamentos, los principales ríos nacionales y los países limítrofes. Todo me pareció de rutina hasta que me preguntó qué libros había leído. Le llamó la atención que citara tantos y tan variados a mi edad, y que hubiera leído Las mil y una noches, en una edición para adultos en la que no se habían suprimido algunos de los episodios escabrosos que escandalizaban al padre Angarita. Me sorprendió saber que era un libro importante, pues siempre había pensado que los adultos serios no podían creer que salieran genios de las botellas o que las puertas se abrieran al conjuro de las palabras. Los aspirantes que habían pasado antes de mí no habían tardado más de un cuarto de hora cada uno, admitidos o rechazados, y yo estuve más de media hora conversando con el maestro sobre toda clase de temas. Revisamos juntos un estante de libros apretujados detrás de su escritorio, en el que se distinguía por su número y esplendor El tesoro de la juventud, del cual había oído hablar, pero el maestro me convenció de que a mi edad era más útil el Quijote. No lo encontró en la biblioteca, pero me prometió prestármelo más tarde. Al cabo de media hora de comentarios rápidos sobre Simbad el Marino o Robinson Crusoe, me acompañó hasta la salida sin decirme si estaba admitido. Pensé que no, por supuesto, pero en la terraza me despidió con un apretón de mano hasta el lunes a las ocho de la mañana, para matricularme en el curso superior de la escuela primaria: el cuarto año.

Era el director general. Se llamaba Juan Ventura Casalins y lo recuerdo como a un amigo de la infancia, sin nada de la imagen terrorífica que se tenía de los maestros de la época. Su virtud inolvidable era tratarnos a todos como adultos iguales, aunque todavía me parece que se ocupaba de mí con una atención particular. En las clases solía hacerme más preguntas que a los otros, Y me ayudaba para que mis respuestas fueran certeras y fáciles. Me permitía llevarme los libros de la biblioteca escolar para leerlos en casa. Dos de ellos, La isla del tesoro y El conde de Montecristo, fueron mi droga feliz en aquellos años pedregosos. Los devoraba letra por letra con la ansiedad de saber qué pasaba en la línea siguiente y al mismo tiempo con la ansiedad de no saberlo para no romper el encanto. Con ellos, como con Las mil y una noches, aprendí para no olvidarlo nunca que sólo deberían leerse los libros que nos fuerzan a releerlos.

Gabriel García Márquez por Carlín

 El revés de mis tantas tardes de tedio fue el descubrimiento casual de una sala de música abierta al público en la Biblioteca Nacional. La convertí en mi refugio preferido para leer al amparo de los grandes compositores, cuyas obras solicitábamos por escrito a una empleada encantadora. Entre los visitantes habituales descubríamos afinidades de toda índole por la clase de música que preferíamos. Así conocí a la mayoría de mis autores preferidos a través de los gustos ajenos, por lo abundantes y variados, y aborrecí a Chopin durante muchos años por culpa de un melómano implacable que lo solicitaba casi a diario y sin misericordia.

Una tarde encontré la sala desierta porque el sistema estaba descompuesto, pero la directora me permitió sentarme a leer en el silencio. Al principio me sentí en un remanso de paz, pero antes de dos horas no había logrado concentrarme por unas ráfagas de ansiedad que me estorbaban la lectura y me hacían sentir ajeno a mi propio pellejo. Tardé varios días en darme cuenta de que el remedio de mi ansiedad no era el silencio de la sala sino el ámbito de la música, que desde entonces se me convirtió en una pasión casi secreta y para siempre.

Tomado de: Gabriel García Márquez. Vivir para contarla. Editorial Sudamericana, 2002. Vivir para contarla es una autobiografía novelada que abarca su nacimiento hasta la primera mitad de la década de 1950.

El texto completo del libro se puede ubicar en:
www.iade.org.ar/modules/descargas/visit.php?cid=6&lid=92
http://www.scribd.com/doc/7841051/Gabriel-Garcia-Marquez-Vivir-Para-Contarla-castellano
http://www.eltutordebangkok.com/music/books/contarla.pdf

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